
No olvido ese día. Llegamos temprano a las fiestas de Nuestra Señora de Pinofranqueado y nos cruzamos de brazos firmemente observando con sigilo al grupo musical.
Llevaba el pelo suelto, moreno y rizado y se desprendía de entre sus sienes un leve perfume natural, como brisa delicada que actuaba cual vapor venenoso creando en mi pecho dolores y en mi mente amarguras. Estaba seguro que el ligero aroma que me seducía como antaño no había cambiado, era el mismo olor, la misma fragancia. Y creía en firme que era yo el único elegido para percibir tal maravilloso efluvio, ese don que Dios me daba y que a la vez era mi cruz. Sus ojos, negros, atezados, puro azabache revestido con un brillo lacrimal digno de la mirada más bella de la historia; protegidos por tibias pestañas rizadas que abanicaban mi encendida figura cada vez que sus luceros me otorgaban la dignidad de ser contemplado, como si supieran que ella al mirarme provocaba en mi cuerpo vivas llamas. Su boca un dulce, puro confite de pastelero, adornada con perlas níveas. Era, por Dios, tan hermosa.